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El dinero y la marca del “Compra Latino 2010” septiembre 15, 2010

No deja de impresionarme la cantidad de gente que fue, considerando que el boleto por cada día costaba 500 pesos, el combo de tres días (el viernes hubo una ópera rock), 700 pesos, entonces, sacando cuentas: 700 del boleto combo, 4 chelas por día – tomando en cuenta que comenzaba a la 1pm y terminaba a las 11pm más o menos-: 560, “recuerditos”: 200 (mínimo, por una camiseta y un disco por ejemplo), comida por los dos días: 200 (mínimo, por hamburguesa o tacos cada día y “chuchulucos”), nos da un total de: 1660 por los dos días, yéndonos leves claro está. La mayor parte eran jóvenes, con pinta de estudiantes, así que o le chambeas durísimo para juntar la lana en estos tiempos de crisis, o tienes una familia que te provee, tal vez no sin problemas, del dinero que se necesita para el entretenimiento corporativo.

Varias bandas que se presentaron traían todo un discurso, algunas añejo, otras actual. En el caso del discurso añejo, es decir, ideológico más que de “datos actuales”, costaba trabajo creerles, pues mientras ondeaba la bandera de Ocesa y los músicos gritaban que “este es un espacio de libertad”, me costaba creerlo al voltear a ver la publicidad apabullante en cualquier lugar.

El Vive Latino es una marca, ni qué decir de eso. Logotipo, cartel, status. Todo lo que una marca brinda, y esto no sería tan “grave” si no estuviera irremediablemente ligada a otras marcas: cocacola, sol, ocesa, dominos, incluso el tianguis del chopo, que en sí también es otra marca. Cuando algo tiene una marca deja de importar un poco el contenido. La marca es todo. Si tiene esa marca, “la cosa” es cool, da estatus, se vuelve un símbolo de algo que va más allá del producto en sí. Entonces, si el Vive Latino es una marca, ligada a otras marcas, ¿dónde queda la música? y más aún, ¿dónde queda la libertad?

En este espacio no hay libertad para que cada quien quiera ser como quiera. En realidad hay libertad para comprar lo que ofrecen, ya dijimos, a precios estratosféricos. Hay libertad para ligarse con la marca, hay libertad para creer que hacer eso es “cool”. No hay libertad para meter un sánduich porque adentro prácticamente no hay opciones vegetarianas de comida – no botana -; no hay libertad para llevar tu agua, porque adentro hay oferta, así que no es posible; no hay libertad para no ver la publicidad en todo momento; no hay libertad para ser como se es, porque la idea de lo que es va conforme a lo que el festival permite y lo que sus marcas patrocinan o venden. Tampoco hay libertad para transitar, pues la zona VIP lo impide.

Para lo que sí hay libertad es para comprar y gastar dinero a lo bestia, y es triste constatar que la música – aunque ya viene sucediendo desde hace tiempo – se ha convertido en un producto de compra-venta que, más allá de pagarle o no al músico el precio justo por su trabajo, está ligado al consumo, y no a cualquier consumo, sino al consumo de productos, generalmente de baja calidad y de altos precios, por los que uno no pagaría ni de broma afuera de ese lugar. Es como si al estar ahí uno ya sabe que todo será carísimo y se mentaliza; aunque en realidad no deje de ser una injusticia. Si los precios fueran altos porque a la gente que está sirviendo y preparando las comidas y las bebidas les pagaran muy bien por la soba que se meten, estaría de acuerdo en pagar, no me dolería, sería hasta “comercio justo”, pero dudo mucho que sea así. Incluso se ha de tomar como un extra que “verás el concierto gratis”. Tal vez exagero la nota, pero no deja de ser preocupante.

Ahora bien, si la música está irremediablemente ligada a patrones de consumo, ¿Cómo se podría romper ese círculo vicioso en el que la gente termina perdiendo y el corporativo ganando? ¿Cómo podría ser un festival multitudinario no ligado a marcas corporativas de consumo literal y cultural? ¿Cómo podría serlo sin estar tampoco ligado a marcas públicas, gubernamentales? La pelota está en la cancha de quienes nos gustan los festivales musicales: ¿Sería descabellado pensar en una cooperativa que se dedique a organizar festivales musicales sin marca corporativa? No lo sé. Tampoco estoy inventado en hilo negro, ya ha habido esfuerzos así, el grupo Jóvenes en Resistencia Alternativa mucho tiempo organizó conciertos para financiar ondas sociales; y ya ha habido otros esfuerzos por ahí. Sin ir más lejos, el pasado 30 de abril tuvo lugar el 3er Festival por el Derecho a Decidir, cuyo slogan: “decidir no es un delito, decidir es un derecho”, más allá de que pudiera tener un copy menos negativo, es una invitación a la libertad y al ejercicio de “lo que queramos hacer” en el sentido de que somos dueños de nuestro cuerpo. Tocó como banda principal “La Maldita Vecindad”, hubo grafitti en vivo, rampas de skate, radio comunitaria, stands informativos y un monólogo de las “Reinas Chulas”. Tuvo lugar en el Deportivo La Joya. La entrada costó un donativo en especie no perecedero para ayudar a zonas marginadas de Tlalpan. ¿Quiénes pusieron su marca? El GDF, (prestando el lugar me imagino), GIRE, Equidad de Género, Jóvenes Yolcan… entre otras organizaciones. ¿Cuál es el propósito de este Festival que no solamente no pidió dinero a cambio de poder entrar sino que lo que pidió lo dio a comunidades necesitadas? Algunos dirán que es un Festival populista, que seguramente habrá “adoctrinamientos”. Yo lo dudo, aunque tal vez mi duda evidencie mi propio “adoctrinamiento”.

Volviendo al Vive Latino 2010, puedo decir que la sobredosis de marca me durará un rato y que confirmé la hipótesis: el Vive Latino es una marca y un espacio oficial para comprar, gastar y “ejercer el derecho” al consumo restringido y privado, mientras escuchas grupos que, en el mejor de los casos, querías escuchar fervientemente, y en el peor, son un interesante descubrimiento.

Y para quienes no estén convencidos de que el Vive Latino es una marca, basta ver lo que viene: Vive Grupero, con su slogan que lo diferencia de su “hermano mayor”, porque yo no soy Latino, soy mexicano… sin palabras.

 

La gente en el “Compra Latino 2010″ septiembre 15, 2010

En aras de abonar a la clasificación que tanto nos gusta a los humanos, puedo decir que vi: chavitas aguerridas, fresitas bailadores y algunos desorientados, rucos rucos pero “rockeros”, chavos súper banda, de esos que dan codazos al por mayor y no les importa voltearte la chela encima, “niñas” que acompañaban a sus novios porque “a él le gusta”, otras y otros más que sacaron el guardarropa de moda alter para tirar rostro, no faltó quien a las 7 de la noche, con los mejores grupos por venir, ya estaba tirado en el pasto por exceso de cerveza y/o sustancias, las personas que vendían en los puestos, el chavo que se consiguió la chamba de vender chelas pero que a la hora de su grupo favorito cantaba a todo pulmón con su charola de chelas en lugar de gritar “¡cervezaaaaaaaa, cervezaaaaaa!”. En fin, un público diverso, aunque pude ver pocas expresiones de identidad sexual diferente a la hetero, y no sé qué tanto espacio habría para las mismas, tal vez no mucho, pues sí era un ambiente muy “machín”, hasta en ciertas morras, que saben que si no se ponen rudas, “se las llevan al baile”; no faltó la chavita angustiada que después de ser empujada un montón de veces, decidió ponerse a empujar, pero a quien no la había empujado, justificándose: “¡pues es que todos me empujan!”, y ante la respuesta, de mi parte “¡sí, pero yo no, si no quieres que te empujen vete a tu casa!” no supo qué decir. Eso sí, aromas que más bien eran olores, entre carne frita y sudor añejo de la carne frita ingerida. Los baños pudieron ser peores, pero sí había muchos y “pasables”. ¿Papel? Ni soñarlo, eso había que llevarlo cada quien si se quería.

Sé que hasta este momento suena como un lugar espantoso. Tampoco lo era tanto en realidad. Y es que lo que pasa es que las concentraciones humanas son así, casi siempre llenas de basura y descontroladas; casi siempre con representantes de lo más expresivos de un montón de contextos socioculturales, que confluyen porque tienen algo en común. Tal vez podríamos decir que las personas que asistimos tenemos algo en común: nos gusta la música. Pero también otra cosa: pudimos pagarlo o nos regalaron boletos…

Próximamente “El dinero y la marca en el “Compra Latino 2010″

 

 
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